Uno de los libros emblemáticos de las ciencias sociales algunas décadas atrás, fue el famoso título “El oficio de sociólogo”. Una especie de “manual” o vademécum de cómo se debe ejercer el oficio de científico social.
Recuerdo y traigo a colación ese libro porque una noche de éstas he estado conversando con un amigo, de profesión sociólogo, sobre diversos temas en los que salieron a relucir personajes como Hobsbawn y Bobbio, a propósito del trabajo intelectual de los mismos, y se destacaba el valor de la coherencia continuada durante larguísimas décadas. Hobsbawn es un nonagenario y Bobbio estuvo hasta el fin de su muy larga vida entregado a la lectura y a la escritura sin abdicar, ambos, un ápice, de sus ideas esenciales.
A medida que conversábamos y mientras hacíamos el amor a nuestros respectivos “tonic and gins”, como dijo Billy Joel, abordamos la realidad circundante y surgió la comparación entre la coherencia y la continuidad entre nuestros colegas de las izquierdas europeas, en general, y la fragilidad, cuando no, chapucería ética, de parte de nuestra izquierda intelectual.
Lejos de nosotros medir la coherencia ética por los baremos del ultraizquierdismo. A fin de cuentas, somos, mi amigo y yo, unos moderados y pluralistas convencidos, unos demócratas, que entendemos que la izquierda plural comprende desde los extremistas anclados en las ideas de Kronstad, pasando por todas las subespecies de estalinismos explícitos o implícitos, hasta la más variada y variopinta corriente que comprende desde el socialismo democrático hasta los más edulcorados y melifluos socialdemócratas “liberales”.
Sean cuales sean las ideas que uno asume, lo que se reclama es el factor coherencia, el valor autenticidad, la rectitud moral, y el auto respeto intelectual para no caer en el ridículo de ser un “saltipanqui” no solo político sino peor, intelectual.
La mercantilización general de la vida implica que el valor supremo de cualquier cosa es su valor de cambio y no se excluye el conocimiento, el talento, la capacidad de analizar. En ese sentido lo que importa es vender su mercancía o venderse como una mercancía más. La capacidad igualadora o niveladora de esta mercantilización generalizada es casi subversiva. Todos son iguales en su insignificancia o en su significancia.
Cuando hay lucro que obtener no hay jerarquía y se mezcla con promiscuidad las más diversas formas de vida. Por ello no hay nada más injusto que la profesión más antigua del mundo, tenga todavía hoy, tan mala reputación.
A fin de cuentas, las o los prostitutos, venden solo su cuerpo, y como suele decirse en los libros que tratan sobre ese oficio, está vedado en los practicantes de la misma mostrar afecto o sentirlo, aunque sea ese símbolo del mismo que es el beso.
Los que se prostituyen vendiendo lo esencial de sí mismos –que en los que viven del conocimiento- son sus ideas y sus capacidades analíticas, al mejor postor, se convierten en carroñas humanas, peores que la peor de las hetairas. Se puede incluso justificar el papel funcional desempeñado por la prostitución física, por el contrario, es despreciable el prostituto de sus valores, de sus ideas y del oficio de investigar y analizar la realidad.
En una sociedad que pasa por una de las peores crisis de valores de toda su historia republicana, donde es difícil separar o distinguir la política del narcotráfico, de la corrupción generalizada y del crimen organizado, la traición a su papel de modelos a imitar o de sembradores de valores cívicos, de ciertos intelectuales, es la peor de las traiciones.