
LAS RUINAS DE JACAGUA
Lozanos sembradíos de tabaco, altivas palmas canas reales, atrayentes paisajes enmarcados en las estribaciones de la Cordillera Septentrional: es sencillamente Jacagua, sección que atesora el paraje conocido como Pueblo Viejo, donde se encuentran las ruinas del segundo asentamiento de Santiago.
Arropadas por la maleza, estas vetustas piedras parecen querer librarse de raíces, ramas y enredaderas para ocupar de nuevo su lugar en la historia, para mostrarse como testimonio mudo de los años iniciales del Primer Santiago de América.
Arropadas por la maleza, estas vetustas piedras parecen querer librarse de raíces, ramas y enredaderas para ocupar de nuevo su lugar en la historia, para mostrarse como testimonio mudo de los años iniciales del Primer Santiago de América.
Un camino empedrado, la planta de una construcción militar, muros y las escalinatas y paredes de lo que se supone fue la iglesia, reconstruida en el siglo XIX, y un pozo reformado en alberca son los testimonios más visibles de este segundo solar de la ciudad, establecido por el Comendador Nicolás de Ovando en 1504 y que fue destruido por un terremoto en 1562.
Los terrenos donde se encuentran los cimientos fueron adquiridos por el militar francés Alexandre Benoit, mediante compra a la familia Tejada en 1837. Con compras sucesivas en 1838, 1839, 1859 y 1877, él y su familia adquirieron los terrenos adyacentes, llegando a completar 2,800 tareas, en las cuales los restos arqueológicos ocupan 40,000 metros cuadrados. La propiedad original se dividió entre seis herederos y hoy se halla dividida entre los numerosos descendientes de aquel francés que llegó al país en 1817.
Los terrenos donde se encuentran los cimientos fueron adquiridos por el militar francés Alexandre Benoit, mediante compra a la familia Tejada en 1837. Con compras sucesivas en 1838, 1839, 1859 y 1877, él y su familia adquirieron los terrenos adyacentes, llegando a completar 2,800 tareas, en las cuales los restos arqueológicos ocupan 40,000 metros cuadrados. La propiedad original se dividió entre seis herederos y hoy se halla dividida entre los numerosos descendientes de aquel francés que llegó al país en 1817.
Cuando Benoit murió en 1861, su esposa, María Adelaida Floridá Sicard, a quien traspasara las tierras, quedó como legítima propietaria de los mismos, pasando a ser la primera dama vinculada al solar donde se alzó la villa de Santiago.
Con su hija Eufrosina Benoit Sicard de Ovies continuó el cuidado de los vetustos vestigios. El esposa de esta, el asturiano Ricardo Ovies Alvarez, forjó un plan de reconstrucción de la primitiva iglesia para convertirla en una capilla conmemorativa del IV Centenario del Descubrimiento de América en 1892, labor que se encomendó al maestro Onofre de Lora, quien construyó además piletas para plantas, zonas de recreo y piscinas para baño, usando piedras de la vieja villa. Dificultades con la Vicaría Foránea santiaguera frustraron sus planes y aunque el proyecto se continuó con otra visión, el templo restaurado no llegó a completarse ni se le puso techumbre alguna, cayendo con el terremoto de 1946.
Con su hija Eufrosina Benoit Sicard de Ovies continuó el cuidado de los vetustos vestigios. El esposa de esta, el asturiano Ricardo Ovies Alvarez, forjó un plan de reconstrucción de la primitiva iglesia para convertirla en una capilla conmemorativa del IV Centenario del Descubrimiento de América en 1892, labor que se encomendó al maestro Onofre de Lora, quien construyó además piletas para plantas, zonas de recreo y piscinas para baño, usando piedras de la vieja villa. Dificultades con la Vicaría Foránea santiaguera frustraron sus planes y aunque el proyecto se continuó con otra visión, el templo restaurado no llegó a completarse ni se le puso techumbre alguna, cayendo con el terremoto de 1946.
Fallecida doña Eufrosina en 1926, la propiedad de los terrenos donde estaban las ruinas recayó en su sobrina Floridá Benoit Méndez de Sonería, tercera y última dama de Jacagua. A su fallecimiento, heredó la propiedad su sobrino don Pepe Benoit Mercado, quien ha mantenido la honrosa tradición de sus antepasados de resguardar este Monumento Nacional, que ya alcanza los 170 años.
Pisos, muros, y plantas de viviendas esperan una verdadera cruzada de salvamento del Santiago más viejo de América.
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