“West Side Store”
West Side Story logró cambiar el concepto de comedia -en este caso drama- musical desde el mismo momento de su estreno. Julián Marías la definirá como «la transformación en la pantalla de una obra literaria ilustre, volviendo a la raíz originaria del mito y recreándose en él, en función de lenguaje y los instrumentos propios del cine». La verdad es que fue producto de un combinado explosivo de grandes figuras: Robert Wise fue su director y co-productor, Jerome Robbins se encargó de gran parte de la coreografía (sin restar méritos a Wise, que a pesar de lo que opinen algunos críticos, fue autor único de «el baile en el gimnasio» que exigió meses de rodaje y cincuenta y dos bailarines extra; así como el número «Bee, officer Krupke»), Leonard Bernstein compuso la música y Arthur Laurents perfeccionó el libreto. De este modo, surgió una obra en la que música y coreografía, guión y canciones no se supeditaban unas a otras sino que se completaban entre sí, formando un solo pero genial efecto. Incluso la coreografía aportaba al espectador el modo de ser de los personajes, aunque todos ellos fueran tratados en conjunto en la mayoría de las ocasiones.Para el magnífico acabado del film –afirma Jose Mª Sesé- también fueron cruciales las figuras de George Chakiris y Rita Moreno, que interpretaban a Bernardo y Anita, pareja líder de los Sharks. Chakiris fue contratado por el propio Robert Wise, ya que le había entusiasmado su papel de Riff en un teatro londinense. Rita Moreno, con el número «América», de asombrosa expresividad coreográfica, se convirtió en la voz de uno de los grandes hitos del género musical. Según la teoría de Robbins, que recrea al pie de la letra en este film, el ballet debe participar en la acción dramática. La música no intenta imitar a los personajes, pero sí se refiere a los sujetos, contribuyendo así en su dirección. Wise, genial siempre en la dirección de actores, supo convertir a los dos grandes protagonistas de esta historia, Natalie Wood y Richard Beymer (que aparecen llenos de encanto juvenil, pese a no estar bien dotados en el arte del baile y el canto -y en el caso de Beymer, ni siquiera para la actuación dramática-) en una pareja de leyenda, a la altura de ese amor adolescente. Ese «amor sin barreras» (título castellano que no triunfó) cautivó a toda una generación de espectadores que quedaron subyugados por esa nueva «poesía de pantalla». La película llego a influir hasta en el modo de vestir de miles de adolescentes.El film fue seleccionado por la Royal Premiere británica en 1961 y fue recompensado con diez Oscars, entre ellos los correspondientes a la mejor película y al mejor director. A Jerome Robbins se le concedió también un premio especial por su aportación a la coreografía en el cine. El Grammy de 1961 al mejor disco de baladas sonoras originales se vendrá a sumar a los Tony que recibió la versión teatral en 1958. Y es que..., no se podía esperar menos de semejante concentración de genialidades.Pocas veces se hacen referencia en las críticas a los títulos de crédito. Los de West Side Story bien merecen que se rompa esta tradición. La idea de incluirlos como «pintadas» -auténticos «graffiti»- del barrio nos parece sencillamente genial y viene asía refrendar la calidad de los detalles de una obra que contiene un inico también magistral. En efecto, la obertura sonora con un Manhattan dibujado, que comienza a vislumbrarse, y luego a ser recorrido por un «travelling» aéreo, perpendicular a lo filmado, nos introduce, cada vez más, en en su «barrio oeste», para terminar mostrándonos un patio concreto de él, mientras se oye el chasquido rítmico de unos dedos, que marcan la presentación de los primeros personajes y el comienzo del baile. Este viaje de lo más general a lo más particular nos introduce en la trama con un ritmo narrativo y estético similar a la brillante partitura de Bernstein. Todo un clásico que nadie debería perderse y que no pierde frescura con el paso de los años.
Publicado por Vicente Huerta.
Publicado por Vicente Huerta.
Fuente: Ser Persona
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